La noche que abrí el refrigerador y entendí lo que mi madre nunca me dijo con palabra

El comentario que no le di importancia
Una tarde, durante una de nuestras charlas habituales, mi madre soltó algo al pasar, con esa voz despreocupada que usa cuando quiere disimular una intención. Dijo que tal vez se acercaba un día de estos, que andaba por la zona y quería pasar a dejarme “unos gustitos”. Así lo llamó: gustitos. Yo me reí, le dije que no se molestara, que no hacía falta. Ella insistió con suavidad y yo, distraída, le dije que bueno, que pasara cuando quisiera, que tenía la llave de repuesto por cualquier cosa.

Colgué sin pensarlo demasiado. Imaginé, si acaso, una bolsita con galletitas, un paquete de yerba, alguna fruta. Un gesto chiquito, de esos que las madres hacen para sentir que siguen cuidando aunque sus hijos ya estén lejos. No le di más vueltas al asunto.