– Porque se está bañando.
El silencio siguió.
Entonces Chloe habló desde el pasillo.
“Ella no necesita ayuda para bañarse”.
Las uñas de mi madre se me presionan en la muñeca.
“Ya estoy aquí”, le respondí. “Vamos a bajar en breve.”
Otro silencio.
Me imaginé a Julian y Chloe intercambiando una mirada fuera de la puerta.
Finalmente, Julian dijo: “La cena se está enfriando”.
Sus pasos se retiraron.
La madre susurró: “Ellos lo saben”.
“Sospechan algo”.
“Me castigarán”.
– No.
“Siempre lo hacen”.
Me agaché a su lado otra vez.
“Escúchame. En unos minutos, la policía estará aquí. Hasta entonces, quédate en esta habitación. No abras la puerta a nadie excepto a mí o a un oficial uniformado”.
– ¿Y tú?
“Voy abajo”.
Su cara se volvió blanca.
– No.
“Tengo que evitar que vuelvan a subir”.
– Elena, por favor.
Tomé ambas manos.
“He pasado veinte años de pie en los tribunales contra personas peligrosas. Sé cómo mantener la calma”.
“No son extraños. Ellos saben cómo hacerte daño”.
La frase tenía más significado del que ella pretendía.
Julian conocía mi historia. Sabía que me culpaba a mí mismo por salir de casa después de la universidad. Él sabía que me había perdido cumpleaños, días festivos e innumerables cenas dominicales debido a juicios e investigaciones. Había usado esa ausencia para construir una historia en la que él era el niño leal y yo era el egoísta.
Él sabía exactamente qué heridas presionar.
“No dejaré que me distraiga”, dije.