Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”. Fui al hospital, guardé el informe médico y, al regresar, dejé mi anillo de bodas sobre la mesa… sin imaginar lo que él encontraría después. ka5a

.”

Alejandro dejó caer la carpeta.

—Nos va a meter a la cárcel.

Rebeca retrocedió.

—No digas tonterías. Eres su esposo. Lo arreglarás.

—¡Me denunció por agresión! ¡Tiene pruebas del fraude!

—Entonces ve por ella y haz que retire la denuncia.

Alejandro miró el rostro de su hermana. Anatomía

Durante años había resuelto todos sus problemas.

Había mentido por ella.

Había utilizado dinero de Valeria para salvarla.

Había falsificado documentos.

Y esa mañana había atacado a su esposa porque Rebeca quería hacer una compra.

Pero por primera vez comprendió que quizá su hermana no estaba preocupada por él.

Solo estaba preocupada por perder el acceso al dinero.

—Tú me dijiste que necesitabas ese préstamo porque te iban a embargar —susurró.

—Y lo necesitaba.

—Dijiste que ibas a devolverlo.

Rebeca levantó los hombros.

—No fue posible.

—Vendiste el departamento que compraste con ese dinero.

—Era mío.

Alejandro apretó los puños.

—¿Dónde está el dinero de la venta?

Rebeca no respondió.

Su silencio fue suficiente.

Alejandro tomó su teléfono y llamó a Valeria.

La llamada se fue directamente al buzón.

Volvió a marcar.

Bloqueado.

Intentó desde el teléfono de Rebeca.

Esta vez Valeria respondió.

—¿Bueno?

Alejandro respiró con fuerza.

—¿Dónde estás?

—Eso ya no es asunto tuyo.

—Tenemos que hablar.

—No.

—Valeria, lo de esta mañana fue un error.

Ella guardó silencio durante unos segundos.

—Un error es derramar el café al mover la mano. Tú levantaste la taza, me miraste y la lanzaste. Café

—Estaba enojado.

—Eso no cambia nada.

—Podemos arreglarlo.

—Ya lo estoy arreglando.

Alejandro miró la carpeta abierta sobre la mesa.

—¿De dónde sacaste esos documentos?

—De mi propia computadora. De mis cuentas. De las cámaras del departamento. De los respaldos automáticos que olvidaste borrar.

La sangre abandonó el rostro de Alejandro.

—¿Cámaras?

—La cámara de la cocina grabó todo.

Rebeca se llevó una mano a la boca.

Alejandro bajó la voz.

—No puedes entregar eso a la policía.

—Ya lo entregué.

El teléfono casi resbaló de su mano.

—Valeria, soy tu esposo.

—Eras mi esposo cuando me robaste. Eras mi esposo cuando falsificaste mi firma. Eras mi esposo cuando lanzaste café hirviendo a mi cara. Café

—Piensa bien lo que haces.